¿Es normal todo lo que le pasa a mi cuerpo? ¿Qué pasa si hago algo que pudiera hacerle daño al bebé? ¿Podré tolerar el parto? ¿Tendré suficiente dinero para comprar todo lo que necesita el bebé? Estas y otras preguntas te pueden atormentar si lo permites y el ciclo de pensamientos perturbadores puede ser agotador. Es natural preocuparse por el futuro, pero cuando las preocupaciones ocupan demasiado espacio en tu cerebro, existen algunas estrategias probadas que puedes utilizar para mejorar tu calidad de vida.
Reconoce que está bien estar ansiosa
La preocupación es inherentemente un mecanismo benéfico. La ansiedad moderada (o estrés), en muchos casos, nos ayuda a afrontar las dificultades; a tener en cuenta los peligros potenciales y a evitar consecuencias no deseadas.
Desde el punto de vista evolutivo, nuestro cerebro sigue siendo bastante similar al de nuestros antepasados cavernícolas. En aquélla época el mundo estaba lleno de peligros, por lo que la ansiedad era muy útil, después de todo, no había manera de saber en qué momento un tigre saltaría de los arbustos. Este tipo de depredadores rara vez merodean por nuestras ciudades actuales, pero el hábito de estar siempre alerta se ha mantenido [1]. Y durante el embarazo, el centro de preocupaciones de nuestro cerebro se activa con renovado vigor, porque estamos pensando en el futuro de nuestra descendencia [2].
Aléjate de tus preocupaciones
Tú y tus pensamientos no son lo mismo. A veces, tus divagaciones mentales no reflejan en absoluto tu personalidad o creencias. Imagina que tu cerebro es un cachorrito que ladra cada vez que alguien pasa por la casa. El cachorro está tratando de ayudarte, pero sus ladridos no siempre están justificados [1].
Desafía tus pensamientos
Tienes una opción: aceptar o rechazar la preocupación que haya surgido. A menudo, los escenarios oscuros que inventa tu imaginación no resisten el escrutinio. Siempre que surja la idea de un peligro inminente, pregúntate: ¿Qué tanto creo realmente que esto pudiera suceder? ¿Existe alguna razón lógica por la que esto pudiera suceder? ¿Qué dice lo contrario? Si la preocupación es sobre algo muy específico, entonces considera cómo aconsejarías a un amigo con la misma preocupación. Unas cuantas preguntas sencillas pueden ayudarte a lograr una nueva perspectiva sobre tu situación [3].
Tómate tu tiempo para preocuparte
Elige 20-30 minutos al día y dedícalos exclusivamente a pensar sobre lo que te preocupa. Puedes elegir cualquier momento excepto a altas horas de la noche. Durante este tiempo, piensa con determinación en lo que te molesta. Incluso puedes elegir un lugar especial donde hacerlo. Si un pensamiento perturbador aparece en un momento diferente, escríbelo y recuérdate a ti misma que lo reflexionarás durante el tiempo asignado. Este sencillo ritual puede ayudarte a concentrarte en estar presente en el momento y no distraerte con preocupaciones innecesarias [3].
Solo preocúpate por lo que está pasando ahora
Las ansiedades con frecuencia tienen que ver con el futuro y no tienen realmente contacto con la realidad. A veces son tan fuertes que interfieren con tu capacidad para hacer las cosas. Si tus preocupaciones se interponen con la realización de tus actividades diarias, intenta decirte esta frase: “En las próximas dos horas, haré esto. Resolveré los problemas futuros más tarde, mi ‘yo’ futuro sabrá cómo hacerle”. Es probable que la preocupación surja nuevamente. Si es así, regresa suavemente tus pensamientos al momento presente [1].
Aprende a reconocer tus sentimientos
La ansiedad puede surgir cuando evitas continuamente las emociones dolorosas [3]. Para hacerles frente, debes aprender a notarlas. Cada mañana y cada noche, pregúntate cómo te sientes. ¿Algo te está molestando? ¿Te sientes irritada o enojada? ¿Qué causó estos sentimientos? Simplemente reconoce tus sentimientos sin comentarlos. Este ejercicio no necesita ser largo, por ejemplo, puedes dedicarle el mismo tiempo que tardas en cepillarte los dientes [1].







