Nuestros primeros años son formativos, pues dan forma a nuestra actitud hacia el mundo y otras personas, mientras construyen los cimientos básicos de nuestra personalidad. La principal guía del mundo de un niño en estos años es su madre. Su madre le enseña cómo es el mundo y cómo vivir en él.
Si creciste con una madre cálida y cariñosa y disfrutaste de una relación pacífica y de confianza con ella, ¡eso es un gran precursor de tu propia experiencia de maternidad! Pero si somos de los que tuvimos (o todavía tenemos) relaciones difíciles con nuestras madres, ¿estamos condenados? ¡La respuesta es no!
Una madre influye en el concepto que el niño tiene de sí mismo
Cuando mamá está tranquila y feliz, el bebé siente que el mundo es un lugar bueno y seguro, donde es bienvenido. Cuando mamá le habla afectuosamente al bebé, lo toca suavemente y escucha con atención, el niño en crecimiento comprende que las relaciones entre las personas deben basarse en el amor y la bondad.
Por el contrario, cuando mamá está nerviosa, enojada, distante o se muestra seca, el bebé desarrolla la sensación de que el mundo está lleno de peligros. Cuando se descuida o se toca poco al bebé y cuando se ignoran sus necesidades, recibe el mensaje de que no es digna de amor o atención. Esta indignidad puede generar un sentimiento de culpa o vergüenza y esta experiencia temprana puede formar un trastorno de apego [1].
Una madre influye en la relación de su hijo con los demás
Si tu madre era sensible a tus sentimientos, respondía con compasión cuando estabas disgustado y estaba ahí para ti cuando necesitabas algo, esto probablemente formó en ti un estilo de apego saludable. Es probable que los adultos con un apego saludable traten a sus hijos de la misma manera afectuosa con la que ellos fueron tratados por sus madres [2].
Muy temprano en la vida, nuestras madres nos ayudan a comprender nuestras propias necesidades. Mucho antes de que un bebé aprenda lo que significa el tener hambre, dolor o incomodidad, las madres están allí ocupándose de esas necesidades. Las madres amorosas nos enseñan que nuestras necesidades no son un problema; esta capacidad para reconocerlas y confiar en que no son una carga es fundamental para las relaciones adultas saludables. También nos ayuda a reconocer y satisfacer las necesidades de los demás, lo que obviamente es esencial en el papel de padres.
Convertirte en la madre que nunca tuviste
Si tu madre no te brindó el amor y la atención que requerías, no todo son malas noticias. La investigación psicológica ha demostrado que el estilo de apego se transmite a través de muchas generaciones de una familia, pero esto no significa que estés condenada a repetir tu propia experiencia infantil. Si tu madre era fría y dura o estaba excesivamente preocupada por cada uno de tus movimientos, no tienes por qué ser igual.
Los investigadores que han estudiado casos reales entre madres no han encontrado una causa y efecto directo entre la relación de una mujer con su propia madre y la forma en que ella misma es madre [3]. Las mujeres que trabajan activamente para sanar sus traumáticas experiencias infantiles pueden desarrollar la sensibilidad que proviene de una relación amorosa entre padres e hijos y formar relaciones cálidas y cercanas con sus propios hijos, aunque no hayan tenido este tipo de experiencia al crecer [4].
En casos de negligencia o trauma infantil severo, puede ser más difícil para una nueva madre vincularse con su bebé, en comparación con una mujer que no experimentó eso. Es posible que esta mamá no siempre intuya lo que necesita su bebé y que tenga que esforzarse más para aprender a estar atenta y ser sensible con el pequeño. Puede ser útil para esta mamá que vea a un terapeuta que se especialice en el desarrollo de la primera infancia. Este especialista capacitado puede ayudar a determinar dónde están las dificultades de comunicación entre ella y su hijo o hija, ofreciendo técnicas para mejorar su relación.






